CONFESIÓN SINCERA...

1.- CONFESIÓN SINCERA.

Tras un buen rato sin feligreses, el cura está echando una cabezadita en el confesionario cuando la voz de una mujer lo despierta.
  - Perdóneme padre, porque soy una pecadora.
  - ¿Qué ha pasado hija mía?.
  - No sé como decírselo, pero cuando hablo con un hombre tengo por todo el cuerpo unas sensaciones extrañas, un hormigueo que no me deja vivir. 
  - Pero hija, ¿con todos?.
  - Con todos padre.
  - Por favor hija, que yo también soy un hombre...
  - Ya lo sé padre, por eso vengo a usted a confesarme.
  - Vamos a ver hija, ¿como describirías esas sensaciones?.
  - No sé decirle pero en este mismo momento, solo de hablar con usted, mi cuerpo ya se rebela a estar de rodillas y me pide con urgencia ponerme más cómoda de ropa y de posición.
  - ¿En serio es esa la sensación que siente?.
  - Esa padre, esa. Necesito relajarme...
  - Pero hija, ¿como necesitas relajarte?. 
  - No sé, padre. ¿Qué le parece tenderme de espaldas en el suelo?.
  - ¿Y qué más, necesitas hacer?.
  - No sé padre. Es que tengo un hormigueo para el que no encuentro acomodo.
  - Pero hija...
  - Creo que un poco de calor me aliviaría.
  - ¿Calor hija, que clase de calor?. (El sacerdote está poniéndose a mil.)
  - Calor humano padre, calor humano que alivie mi padecer.
El sacerdote no puede resistir más, pero sigue preguntando ya en primera persona.
  - ¿Es muy frecuente esa sensación que tienes, hija?.
  - Permanente padre, permanente. Ahora mismo imagino sus manos sobre mi piel y creo que serían de gran alivio para mí. 
  - Pero hija, que uno no es de piedra...
  - Por eso padre, por eso. Sería un acto de caridad. Necesito urgentemente que alguien me estruje entre sus brazos y me dé el alivio que pide mi cuerpo.
  - Por ejemplo... ¿yo? -dice el cura ya perdidos los papeles.
  - Sí padre sí. Sin duda usted podría aliviar todas mis penas.
El cura ya no puede resistir más la tentación de la carne y mirando por la cortinilla que no haya nadie más en la iglesia lanza su última pregunta a través de la celosía, para evitar responsabilidades por una posible minoría de edad.
  - Una última pregunta hija mía. ¿Cuantos años tienes?.
  - Setenta y cuatro padre, setenta y cuatro. ¿Podrá hacer algo por mí?.
  - ¡Hostia! (perdón)  -dice el cura desencantado- Lo siento hija mía, no puedo hacer nada. Ve en paz. Sin duda lo tuyo debe ser reumatismo. 

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